El dilema de votar luego del 7-O El 16 de diciembre ocurrirá un episodio electoral. Una elección de relevancia muy especial porque nunca antes como ahora ha tenido el centralismo un plan tan claro para ponerle fin a la descentralización

Las elecciones presidenciales recientemente pasadas dejaron sentimientos mezclados. Por un lado, la mayor parte de los opositores nunca había estado tan seguro de que podían ganar. Ningún otro candidato (ni Salas en 1998 o Rosales en el 2006, mucho menos Arias en el 2000) generó el entusiasmo, confianza, cercanía y oferta programática necesarios no solo para conquistar votos, sino para generar emociones, compromiso y convicción militante. Ningún candidato había surgido del voto en primarias. Ninguno se erigió como el líder nacional de una propuesta unitaria y de futuro. Ninguno tuvo el dinamismo personal que posee y contagia Capriles. Ninguno había logrado revertir la tendencia del voto creciente por Chávez.

Sin embargo, pese a sus logros, Capriles también perdió contra Chávez. Como el entusiasmo era mayor, mayor la sensación de tristeza y más amarga la derrota. Al igual que en 2004, la explicable frustración lleva a algunos a especular, sin fundamento suficiente, sobre la hipótesis del fraude. Capriles lo dijo: “aquí no hubo fraude.” Hubo inequidad en el acceso a los recursos financieros y al uso del tiempo de campaña. El CNE no impidió las claras violaciones a la normativa electoral cometidas por la evidente propaganda política hecha desde y por el Estado. La elecciones venezolanas, como en el otrora México autoritario-electoral del PRI, son política de Estado en las que sector de la sociedad, con recursos limitados, es enfrentado por una maquinaria política construida desde un petro-Estado que usa todos sus recursos, funcionarios para su propio fortalecimiento.

Lo frustrante del desempeño opositor en el pasado llevó a algunos a entregarse en actos de desesperación política, como la violencia y el golpe de 2002, al paro petrolero de 2003, la infundada denuncia de fraude en el revocatorio y el suicida abstencionismo en las regionales de 2004 y las legislativas de 2005. Cosas que por cierto nunca hizo la oposición mexicana. De esta secuencia de errores, la oposición venezolana comienza a recuperarse en 2006.

Desde que retomó la senda electoral, la oposición se ha anotado varios triunfos. El más impactante fue el obtenido en 2008 en las gobernaciones del Zulia y Nueva Esparta, donde ya gobernaba desde el 2004, así como en Miranda –gobernada para entonces por el segundo hombre fuerte del PSUV– Táchira y, lo que para algunos era impensable, en el Distrito Metropolitano que, por población e importancia política es tan o más relevante que un estado. En 2010, la oposición superó en votos al gobierno y ganó las legislativas en estados gobernados por líderes del PSUV, como es el caso de Anzoátegui. A partir de allí, debido a lo que ha llegado a ser el tema central del debate histórico nacional, la lucha entre el centralismo y la federación, otros gobernantes regionales se han sumado a las fuerzas que desde la sociedad intentan poner límites al poder del petro-Estado centralista con el fin de hacer valer la voz de las regiones y las localidades sobre la voz de la burocracia central.

El 16 de diciembre ocurrirá un nuevo episodio electoral. Tendrá esta elección una relevancia muy especial porque nunca antes como ahora ha tenido el centralismo un plan tan claro para ponerle fin a la descentralización y la federación por la que las regiones están luchando desde 1858. Ya no se trata de cambiar de presidente, sino de elegir a los que contribuirán a defender o a desmontar la federación. Para los opositores se trata incluso mucho más que eso. El nuevo liderazgo opositor, joven y renovado, ocupado más de soluciones que de hacer grandes proclamas, surgió principalmente de las regiones. Este liderazgo ha aparecido, se ha entrenado, se ha dado a conocer y ha crecido a la sombra del único baluarte político de la oposición venezolana: los gobernadores y alcaldes. Sin gobernadores que se distingan del gobierno central, que lleven los temas de la agenda de las regiones a la palestra pública, que velen por el interés de sus estados y localidades, los ciudadanos en general y, muy especialmente, los que se oponen al modelo centralista, tendrán aun menos chance de hacer oír sus voces.

Los que decepcionados por los resultados del 7-0 piensen abstenerse el 16-D o en invocar de nuevo al 350, estarán jugando el mismo juego derrotista que jugaron en 2004 y 2005. Su abstención le entregará el poder total a quienes dicen adversar. Tamaña torpeza política no debería producirse por tercera vez.

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