El final de un régimen En 1998, Hugo Chávez, cabalgando sobre el descontento y el desgaste de un sistema, llegó a la presidencia de la República encarnando un sentimiento de cambio. Su proyecto más que ideológico era contestatario.

Era una reivindicación de lo nacional, estructurado en torno al culto a Bolívar. Luego, sinuosamente, fue evolucionando al coquetear con el fascismo que le inculcó Norberto Ceressole hasta caer arrullado en los brazos del decano de los tiranos del mundo, Fidel Castro.

Declarado socialista, Chávez emprendió una nueva aventura: la estatización de la economía, la concentración del poder en sus manos y la exacerbación del culto a su personalidad. El dominio casi absoluto del Estado en la economía está secando la iniciativa privada, la cual carece de incentivos para producir, innovar y crecer.

Ello ha propiciado gigantescos déficits fiscales que se financian a punta de emisión monetaria y un endeudamiento masivo que está comprometiendo la sanidad de las finanzas públicas nacionales. Un conjunto de distorsiones se han anidado en la economía hasta configurar un cuadro de estrangulamiento a la actividad productiva. A ello se suman controles de cambio y precios que han propiciado una monumental corrupción como jamás ha existido en Venezuela.

NUEVOS RICOS

Nunca había alcanzado la desmoralización de las instituciones venezolana la cota que marca el gobierno de Chávez. Ya el peculado es parte del quehacer nacional. No hay contrato, asignación de obras públicas, licitaciones y demás concesiones del gobierno central que no lleven la huella del porcentaje corruptor. Nuevo ricos surgidos no como resultado del esfuerzo, el trabajo duro y la frugalidad sino del contrato favorecedor y el tráfico de influencias. Como la economía gira alrededor de Pdvsa, ésta empresa estatal era una presa que había que conquistar.

El nepotismo rojo erigido en fórmula administrativa hizo de la compañía el asiento de los principales negocios ilícitos de Venezuela, haciendo palidecer cualquier referencia a los gobiernos del pasado que lucen como niños de pecho al lado de la depredación roja. Los negocios de los seguros, las representaciones internacionales, el manejo de las finanzas y hasta la cultura son gestionados por familiares y relacionados cercanos a la cúpula de Pdvsa, hoy enriquecida.

La colocación de deuda pública, tanto interna como externa es también parte del botín de los timadores del erario público. Ha sido la emisión de deuda un negocio fabuloso para los buscadores de fortuna de forma repentina y sin riesgo. En tiempos de Nóbrega, Merentes, Cabezas, Isea, Andrade y Maniglia, el Ministerio de Finanzas funcionó como una especie de garito para la adjudicación de bonos con los cuales se hacían negocios en el mercado de cambios, donde la cotización paralela del bolívar respecto al dólar llegó a triplicar la tasa de cambio oficial. Actualmente todo sigue igual.

Pdvsa, usando un par de bancos suizos, sigue transando en el mercado paralelo de cambios con actividades centradas en Panamá. La facturación en bolívares la transforman en dólares a la tasa de cambio paralela, burlando así el control de cambio.

COMISIONISTAS

Como el gobierno central es adicto a las importaciones, traer comida del extranjero se ha convertido en un negocio redondo donde medran importadores y aseguradores, entre otros. Erogando millones en la compra de alimentos sin licitación, los comisionistas hacen su agosto a costa del fisco nacional. Nada de esto se puede hacer sin el conocimiento de Hugo Chávez. Si estos hechos son del dominio de la opinión pública, con más razón lo son de Chávez.

Dijo una vez el general Augusto Pinochet, que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera. En Venezuela no hay decisión que involucre al gobierno central que no tenga la autorización de Chávez, quien ha constituido una maquinaria de poder sin límites, solo igualada por el gobierno primitivo y bárbaro del general Juan Vicente Gómez. Ello ha derivado en algo que inauguró Benito Mussolini en Italia y que luego reforzó Stalin, el culto a la persona. Chávez ha hecho de su figura una especie de ícono deformado que hoy detenta estatus omnipresente, aupado por su narcisismo.

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