Primero: apoyé decididamente a Chávez desde mucho antes de lanzarse por primera vez a la candidatura presidencial que ganó en 1998. Defendí con emoción el proyecto de país plasmado en la Constitución de diciembre de 1999, donde se esbozaba una Venezuela sin exclusiones, que corrigiera las injusticias sociales que la plagaron durante décadas .Que acabara con la corrupción y los atropellos de los gobiernos de la época. Soñaba con un país sin inequidades. Un país de justicia, que le permitiera a una generación de compatriotas tradicionalmente desplazados e ignorados, labrarse un futuro decente. Fui de los que salió a la calle a defender la Constitución atropellada cuando se derrocó a Chávez en el golpe de abril del 2002. Continué defendiendo por años una gestión de gobierno que, pese a sus contradicciones, aún sentía la necesidad de mantener vivo algo en lo cual millones de venezolanos depositamos tantas esperanzas. Pero fue en vano. Fui observando con dolor cómo se desperdiciaba poco a poco la más grande oportunidad que jamás alguien tuvo de transformar este país. Observaba con estupor el progresivo endiosamiento de un gobernante más pendiente de las realidades de otros países que del nuestro. Vi desaparecer la separación de poderes del Estado y emerger un Chávez semidiós copando todos los espacios de la república, juez supremo, amo y señor. Y vi unos representantes de los poderes públicos arrodillados e inermes, tolerar cómo sus ámbitos eran sustituidos por Chávez y su corte de aduladores e incondicionales. Empecé a ver crecer el monstruo de la intolerancia: cierres de medios de comunicación; chantaje y uso abusivo del Estado a niveles que jamás habíamos presenciado. La corrupción que tanto denunciamos en el pasado comenzó a florecer indetenible, incluyendo aquí a los nuevos ricos y también a unos cuantos cuartorrepublicanos ahora trajeados de rojo. Empecé a ver crecer groseramente la intromisión del estamento militar en todos los rincones de la vida civil. Pese a algunos precarios avances sociales y políticos al inicio de la gestión -que deben preservarse- ya quedaba muy poco que me atara a esta triste experiencia. El toque final vino a ser la pretensión de convertir a Venezuela en un país monocolor, de régimen de partido único, al estilo de la desaparecida Unión Soviética; en una Venezuela donde pensar diferente significa asumir riesgos, y donde vestirse de rojo se ha convertido en un ritual imprescindible para gozar de cualquier beneficio, para lo cual la sola condición de ciudadano venezolano debiera ser exigible.

Segundo: hoy no tengo dudas. La quinta Republica se perdió hace rato. Solo está pendiente la firma de la capitulación. Ocurrirá en unos días, el 7 de octubre. Llevará la rúbrica de millones de venezolanos que ya decidimos cerrar este capítulo. Somos millones los compatriotas, que sin renunciar a nuestras convicciones, hemos decidido que el tiempo de Chávez ya terminó. Que 14 años fueron suficientes. Que un nuevo Presidente tendrá que asumir la tarea de recomponer este maltrecho país que nos dejan, y que deberá entender que tendrá que gobernar para todos, incluyendo a aquellos que apostaron todos sus anhelos a este ensayo del siglo XXI y que, aunque en un rojo desteñido y marchito, aún llevan este color como estandarte y símbolo de una esperanza traicionada. Confío en que el próximo presidente, Capriles Radonski, así lo entienda.

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