Quienes se muestran impresionados con los comicios celebrados el domingo 7 de octubre en Venezuela, en los que el gorila bolivariano Hugo Chávez volvió a imponerse por cuarta vez como presidente, no deben dejarse engañar por las apariencias. Más allá de los convencionalismos, el déspota caribeño no tiene la más mínima intención de conducir a su país por la senda de la democracia.

Muy por el contrario, su proyecto apunta a la consolidación del régimen personalista que encabeza, la paulatina supresión de las libertades y el afianzamiento de un Estado marxista al estilo de la Cuba dinástica de los hermanos Fidel y Raúl Castro.

Para los autócratas en general, la democracia no pasa de ser un instrumento político cualquiera.

Necesario ciertamente en las épocas que corren para salvar ciertas normas de convivencia universalmente aceptadas y eludir eventuales sanciones a nivel internacional, pero instrumento al fin de cuentas. Ella no es más que el trampolín merced al cual, una vez instalados en el poder, los totalitarios activan todos los mecanismos necesarios para consolidarse eternamente en él. Es la vieja estrategia a la que han echado mano los tiranos de toda laya, sean ellos de extrema izquierda o de extrema derecha.

Lo que se viene ahora en la República Bolivariana de Venezuela es la consolidación del modelo dictatorial actualmente vigente. La profundización de lo que ya ha venido aconteciendo en los casi 14 años que el gorila Chávez lleva empotrado en el poder. Quien crea que las prácticas totalitarias variarán porque el autócrata compitió en una justa electoral con un candidato opositor, se confunde.

Las elecciones son una mera fachada detrás de la cual se esconde la verdadera naturaleza de un siniestro régimen represivo y clientelista. Nosotros los paraguayos sabemos muy bien cómo funcionan estas cosas, 34 años de dictadura nos permiten hablar con mucha autoridad sobre la materia.

Todo no seguirá igual que hasta ahora… sino peor aún. La oposición continuará sufriendo los embates del oficialismo chavista. Es probable incluso que en algún momento el propio excandidato presidencial Henrique Capriles tenga que soportar amañados procesos judiciales en su contra, tal como le sucedió a Manuel Rosales, candidato presidencial en las elecciones del año 2006, a quien se le inició una arbitraria demanda en los estrados judiciales bajo acusaciones de supuesta corrupción. Tras el hostigamiento, el político debió solicitar asilo político en el Perú, donde actualmente se encuentra residiendo. Chávez, de hecho, no soporta a nadie que pretenda hacerle sombra.

También se mantendrán los ataques sistemáticos a la libertad de expresión y la clausura de medios masivos de comunicación, como aconteció a comienzos de 2007 con el canal RCTV, más adelante con 34 radioemisoras, así como la persecución implacable desatada en contra de Globovisión, cuyo propietario debió refugiarse en los Estados Unidos. A ello deben sumarse las intensas campañas de desprestigio contra los dos diarios de mayor tirada nacional: El Universal y El Nacional.

El respeto y la promoción de los derechos humanos del pueblo venezolano le importan un rábano al gorila bolivariano. Muestra de ello es que ha denunciado la Convención Americana de Derechos Humanos para lograr zafarse de la jurisdicción de la Comisión y la Corte interamericanas de Derechos Humanos. Una vez fuera del ámbito de las mismas, ya no existirán garantías para nadie en la Venezuela chavista. ¡Pobres venezolanos!

Ni qué hablar de las expropiaciones y confiscaciones de propiedades privadas, desde bancos y hoteles hasta simples cadenas de supermercados; todos arrancados de las manos de sus legítimos propietarios por un Chávez voraz e insaciable, dispuesto a nacionalizar todo lo que caiga en sus manos con la supuesta intención de ofrecer “mejores servicios” a la población. Pero casi ninguna empresa traspasada a la órbita estatal se ha salvado de las implacables garras de la corrupción.

Las instituciones políticas que aún no se encuentran bajo el completo dominio del chavismo pasarán a estarlo en un futuro cercano, quedando todas ellas al arbitrio de los caprichos de un déspota frenético y con una abultada petrochequera, que le permite comprar no solo a aquellos que eventualmente pretendan oponerse a sus designios al interior de su propio país, sino a gobiernos enteros, como se vio recientemente en nuestra misma región. Su ilegal ingreso al Mercosur se produjo, como es de público conocimiento, gracias a los ingentes negocios y dádivas ofrecidas a los mandatarios de los países con los que selló su nueva “alianza” comercial.

Así las cosas, cabe vaticinar que el rumbo de la demolición sistemática de las instituciones y de supresión de cualquier atisbo de democracia se profundizará indefectiblemente de ahora en más en Venezuela. Y su pueblo, desafortunadamente, seguirá sumido en la pobreza, viendo anestesiadas sus esperanzas de acceder a un mañana mejor mediante las limosnas que el Estado le acerque cuando lo crea oportuno y conveniente. Hugo Chávez ha cumplido su sueño: con una fachada de democracia se ha convertido en el Dictador Perpetuo de Venezuela. Gobernará hasta que a él se le antoje. Desde luego, “con la ley en la mano”, como le gustaba decir aquí al déspota Alfredo Stroessner…

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